¿Y si lo estoy haciendo mal?
Anoche me quedé parada en la puerta de su cuarto más tiempo del normal.
Ya estaban dormidos.
Uno con una pierna fuera de la cobija. Otro atravesado como si hubiera caído ahí después de una batalla.
Los dos con esa paz que tienen los niños cuando por fin dejan de pedir agua, cuento, abrazo, otro abrazo y "solo una cosa más".
Y yo ahí.
Mirándolos como si fuera a encontrar una respuesta en sus frentes.
Porque dos horas antes les había gritado.
No un grito terrible de película.
Un grito de mamá cansada.
De esos que salen más fuerte de lo que querías. De esos que en cuanto salen, ya quieres meterlos de regreso.
Y claro, ellos siguieron con su vida.
Se lavaron los dientes. Pidieron cuento. Me abrazaron como siempre.
Pero yo no.
Yo me quedé con esa frase dando vueltas: ¿y si lo estoy haciendo mal?
No se la dije a nadie.
Porque qué vas a decir.
¿A tu hermana? Capaz te dice que exageras, que todos gritamos de vez en cuando, y aunque tenga razón, no es eso lo que querías escuchar.
¿A tu compañera de trabajo? Imposible. Bastante haces con parecer funcional en la junta de las 9 como para confesar que saliste de tu casa sintiéndote la peor mamá del mundo.
¿A la mamá del chat de la escuela? Menos. Ahí nadie admite nada hasta que alguien rompe el hielo.
Entonces te la quedas tú.
En silencio.
Mientras los ves dormir.
Y piensas en todo lo que querías hacer distinto.
No gritar. No apurar tanto. No decir "ahorita no" tantas veces. No estar con el cuerpo en la casa y la cabeza en pendientes.
Pero si esa pregunta duele tanto, tal vez no es porque seas mala mamá.
Tal vez es porque te importa.
Porque quieres reparar. Porque quieres hacerlo mejor mañana. Porque aunque hoy te salió chueco, sigues ahí.
Y a veces eso también es criar. Volver.
Pedir perdón. Abrazar otra vez. Intentar con un poquito más de aire al día siguiente.
Nadie cría en modo perfecto.
Ni la del snack orgánico. Ni la de la lonchera preciosa. Ni la que parece que nunca grita.
Ni tú. Ni yo.
Y aun así, aquí estamos.
Acompañando como podemos.
En Georgie Boy creemos en esa infancia real. La de los días bonitos. Y la de las mañanas donde salir de casa ya parece deporte extremo. La de los pasos firmes. Y la de los tropiezos.
Por eso elegimos zapatos pensando en niños reales y mamás reales.
Para acompañar su movimiento, su etapa y sus pasos de todos los días.
Si estás buscando zapatos para acompañar su crecimiento, aquí puedes ver opciones pensadas para sus pasos reales.
Con cariño,
Georgina