Un mal día no te hace mala mamá
Hay cosas que una no dice tan fácil.
No se las dices a tu suegra, porque capaz te responde con una frase de esas que se quedan dando vueltas tres días.
No se las dices a tu mamá, porque aunque te quiera con todo el corazón, a veces su "yo a tu edad..." no ayuda mucho.
No se las dices a tu marido, porque tal vez sí entiende, pero no entiende igual.
Y entonces te las guardas.
Hasta que llega la noche.
La casa por fin está más o menos en silencio. Tú estás cansada de una forma que no se quita con dormir.
Y empiezas a repasar el día como si fueras juez de tu propia maternidad.
Le hablé fuerte. Llegué tarde. Le di pantalla porque ya no podía más. Le dije "ahorita no" demasiadas veces. Le puse cualquier cosa de cenar. Me desesperé por algo que, si lo pienso bien, no era tan grave.
Y aparece esa frase horrible, la que una nunca diría de otra mamá, pero sí se dice a sí misma con una facilidad injustísima: "Hoy fui mala mamá".
Pero a veces pienso que somos demasiado duras con nosotras.
Porque un mal día no borra todos los días en los que sí estuviste.
No borra las veces que te levantaste aunque estabas cansada. Las veces que buscaste otra forma de explicarle algo. Las veces que lo abrazaste después de perder la paciencia. Las veces que hiciste lo mejor que pudiste con lo poco que tenías ese día.
La culpa no siempre significa que estás fallando.
A veces significa que te importa.
Que querías hacerlo mejor. Que te duele no haber tenido más paciencia. Que sigues pensando en cómo acompañarlo mejor, incluso cuando el día ya terminó. Y eso también dice algo de ti.
No una versión perfecta de maternidad.
Una versión real.
Una mamá que se cansa. Que se equivoca. Que repara. Que vuelve a intentar.
Y tal vez nuestros hijos no necesitan que nunca fallemos.
Tal vez necesitan ver que también sabemos volver.
Pedir perdón. Abrazar otra vez. Intentarlo mañana con un poquito más de aire.
Porque criar no se trata de hacerlo impecable todos los días.
Se trata de acompañar.
Incluso en esos días en los que una siente que no le salió tan bien.
En Georgie Boy creemos mucho en eso: en acompañar la infancia real, no la perfecta.
La de los días buenos. La de los días caóticos. La de los pasos torpes. La de los berrinches antes de salir.
La de las mañanas donde un zapato aparece debajo del sillón y el otro nadie sabe dónde quedó.
Por eso elegimos calzado pensado para niños reales y mamás reales.
Para esos días en los que todo fluye. Y también para esos otros en los que llegar a la puerta ya fue una pequeña victoria.
Si estás buscando zapatos para acompañar su etapa, aquí puedes ver opciones pensadas para sus pasos reales.
Con cariño,
Georgina