No era hacerlo fuerte
Giraba el vaso entre las manos como si el café pesara más de lo normal.
Era un latte venti, vaso de cartón, tapa blanca, servilleta doblada en cuatro.
Un amigo me estaba contando que a su hijo lo estaban molestando en la escuela.
Y tardó en decirlo.
No porque no supiera las palabras.
Sino porque a veces decir "mi hijo no está bien" cuesta más de lo que una se imagina.
Todos le habían dicho más o menos lo mismo.
"Enséñale a defenderse." "La vida es así." "Que no se deje." "Le va a servir para hacerse fuerte."
Y suena lógico.
Suena a consejo de los de antes.
De esos que vienen con voz de tío, mesa familiar y una seguridad que no siempre revisamos.
Pero a mí me quedó dando vueltas otra cosa.
A veces "que aprenda a defenderse" le pide a un niño que cargue solo con un problema que no debería ser suyo.
Mi amigo pudo haberle dicho que aguantara.
Pudo haberlo entrenado para contestar más fuerte, para endurecerse, para que no le doliera.
Pero hizo otra cosa.
Cambió el lugar donde su hijo pasaba el día.
Y eso no fue rendirse.
Tampoco fue sobreprotegerlo.
Fue entender que un niño no tiene que demostrar cuánto aguanta para merecer estar seguro.
A veces ser una mamá o un papá firme no significa hacer más duro a tu hijo.
Significa sostener tú el límite con el mundo, para que él no tenga que sostenerlo solo.
Yo tardé en entender eso.
Porque una crece oyendo que proteger demasiado debilita.
Pero hay protecciones que no debilitan.
Acomodan el corazón otra vez.
Si quieres, respóndeme y te mando unos contenidos de YouTube de Michelle Aziz sobre esto.
Proteger también es fuerza.
Con cariño,
Georgina