Me perdí algo importante y no sé si fue la decisión correcta

El otro día me pasó algo que todavía me da vueltas.

Yo estaba en una junta, resolviendo un tema de trabajo, tratando de estar donde se suponía que tenía que estar. Y mientras tanto, pasó algo con uno de mis hijos que no vi.

No fue una tragedia.

No fue una emergencia.

Pero sí fue uno de esos momentos que una mamá quería presenciar.

Y no estuve.

Desde afuera puede sonar pequeño.

Pero por dentro no se siente pequeño.

Porque una empieza a pensar de inmediato si valió la pena. Si de verdad era tan importante. Si te organizaste mal. Si estás repartiendo bien tu atención. Si tus hijos van a recordar más lo que sí viste o lo que te perdiste.

Creo que muchas vivimos con esa tensión aunque no siempre la digamos.

La idea de que una buena mamá tendría que estar en todo.

En todos los momentos. En todas las juntas. En todas las tareas. En todas las emociones.

Y no se puede.

No porque no ames.

Porque eres persona.

Porque también trabajas. También te cansas. También te distraes. También llegas tarde. También haces lo mejor que puedes con el día que te tocó.

Con el tiempo he entendido algo que me ayuda a bajar un poco la culpa.

No puedo estar en todos lados.

Pero sí puedo hacer que algunas partes del día se sientan más ligeras, más cuidadas, menos caóticas.

Llegar y escuchar de verdad.

Dejar lista la mochila desde antes.

Tener a la mano lo que mañana va a hacer falta.

Asegurarme de que salga cómodo, tranquilo, sin empezar el día con algo que le apriete, le estorbe o le incomode.

Parece poquito.

Pero a veces esos rituales pequeños son una forma muy real de amor.

Quizá por eso en Georgie Boy hablamos tanto de acompañar.

No solo porque pensamos en los niños.

También porque pensamos en la mamá real que está detrás, tratando de llegar a todo sin desaparecer en el intento.

Y cuando algo del día se siente un poco más fácil, un poco más amable, eso también cuenta.

Con cariño,
Georgina

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