Cuando ya no les quedan los zapatitos

Lloré por un zapato.

No poquito.

Lloré sentada en el piso del clóset, acurrucada, con un zapatito chiquito en la mano, como si me acabaran de dar una noticia enorme.

Y lo peor es que una parte de mí sabía lo ridículo que sonaba.

Porque claro: era un zapato.

No era una carta. No era una foto. No era el primer mechoncito de pelo guardado en una cajita.

Era un zapato.

Uno que encontré hasta el fondo del clóset, mientras buscaba quién sabe qué cosa que seguramente sí necesitaba en ese momento.

Y ahí estaba.

Chiquito. Gastado. Con esa forma medio vencida que dejan los pies de los niños cuando usan algo de verdad.

Lo agarré pensando: "ay, mira".

Y luego pasó.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Porque de pronto ya no era un zapato.

Era una etapa completa.

Esa en la que caminaba raro. En la que se cansaba rápido. En la que todavía pedía brazos aunque ya podía caminar. En la que su pie cabía casi completo en mi mano.

Y pensé: están creciendo.

No "van a crecer algún día". Están creciendo ahorita.

Mientras buscamos calcetines. Mientras decimos "apúrate" por tercera vez. Mientras preparamos loncheras. Mientras ellos cuentan una historia eterna sobre algo que pasó en el recreo.

Crecen en medio de la vida normal.

No cuando una está lista. No cuando tienes la cámara preparada. No cuando ya hiciste las paces con la etapa anterior.

Crecen así. Sin pedir permiso.

Y claro que una quiere verlos crecer.

Una quiere que caminen mejor. Que corran más seguros. Que se animen a intentar. Que descubran el mundo con más independencia.

Pero también hay una parte de una que quisiera detener tantito el tiempo.

Nada dramático.

Solo cinco minutos.

Volver a cargarlo sin que pese tanto. Volver a escuchar esa palabra que ya pronuncia bien. Volver a verle esos zapatos que ahora parecen de muñeco.

Criar también es eso.

Celebrar lo que viene mientras te despides, poquito a poquito, de lo que ya fue.

Y quizá por eso los zapatos de los niños tienen algo tan especial.

Porque no solo acompañan sus pasos.

También guardan etapas.

Los primeros intentos. Las carreras torpes. Las caídas pequeñas. Los días de escuela. Los "yo puedo".

Los caminos que antes hacían de tu mano y ahora quieren hacer solitos.

En Georgie Boy nos gusta pensar el calzado así: no como un par más, sino como algo que acompaña una etapa que no vuelve igual.

Por eso elegimos zapatos pensados para moverse con ellos, cuidar sus pasos y acompañar su crecimiento a su ritmo.

Si tu hijo está estrenando etapa, aquí puedes encontrar opciones pensadas para sus nuevos pasos.

Con cariño,
Georgina

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